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¿Quién merece por justicia entrar en el Reino del Cielo?

¿QUIÉN MERECE POR JUSTICIA ENTRAR EN EL REINO DEL CIELO?

Justicia divina, de la plena; la verdadera. Justicia que premia y castiga; ¿la quieres para ti? “Juzgará Dios por Jesucristo las acciones secretas de los hombres”. (Rom 2, 16)

¿Quién, por sola justicia, se merece entrar en el Reino del Cielo, y permanecer, no por un momento, sino eternamente, en contacto directo con Dios Creador, Omnipotente, Amor incalculable, Bondad sin mancha? “…Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y ahora son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención operada por Cristo Jesús”. (Rom 3, 23-24)

¿Acaso no es sino por misericordia infinita, que Dios nos absuelve de nuestros pecados en la confesión sacramental bien hecha?

Entonces, si no fuera por su misericordia, ¿quedarías impune de tus pecados? …Si de matar o robar solamente se tratase, por qué dijo Jesús: “Yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio, el que le dijere “raca” será reo ante el sanedrín, y el que le dijere “loco” será reo de la gehenna de fuego” (Mt 5, 22). De hecho, son todos los Diez Mandamientos, requisito a cumplir para poder entrar en la Tierra Celestial, el Reino de Dios, que dijo:  “acordándoos de mis preceptos y poniéndolos por obra, seréis santos a vuestro Dios” (Num 15, 40).

Ay… ¿Quién no necesita de la misericordia de Dios? ¿Y de su ayuda y su gracia santificante? Él dice: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Entonces, pongámonos primero en manos y en gracia de Dios, y a continuación, hagámoslo todo, todo cuanto podamos, poniendo de nuestra parte, nuestra voluntad y nuestras obras. Pongamos el cuello, nos jugamos el Cielo, no millones de años, no, aquí hablamos de “vida eterna”(cf. Jn 10, 28 y Jn 3,16), sí, de Eternidad ilimitada.

Necesitamos de su misericordia y de su inmensa ayuda divina; deseémosla y busquémosla en la absolución de la confesión y en los sacramentos.

¿Amas al prójimo? Pues por consiguiente, deséalo también para otros; nosotros no salvamos a los demás, nuestra misericordia no salvará al pecador, sino la misericordia de Dios, cuando el pecador se la pida contrito. Por tanto, cuando en verdad se tiene misericordia para con los demás, lo que se hace es desear y rezar para que todos se acojan a la misericordia y gracia de Dios, a través de la confesión y sacramentos. Repito, la verdadera misericordia, es remitir a la misericordia Divina.

Dile, a aquel que después de haber pecado, busca en ti la comprensión y un hombro sobre el que llorar, que lo que necesita es la misericordia de Dios, que todo lo renueva. No te hagas tú juez, absolviendo lo que sólo Dios puede absolver; tú perdona a todos, pues no saben lo que hacen -y protégete del malvado-, pero… tanto condenar como salvar, eso, eso es cosa entre cada alma y Dios.

“Clamará a mí, y yo le oiré, porque soy misericordioso” (Ex 22, 26).

 

Patricia Bellido Durán

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