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Poesías

Alma reprimida

 

Alma reprimida

En silencio, lloras

a escondidas, sollozas.

Tu alma gime,

y quieres ocultarlo.

 

Tus sentimientos, contienes;

a ti mismo, engañado mantienes.

Te mientes y no permites,

afloren tus emociones.

 

De amargura

te estás consumiendo.

Poco a poco, vas desfalleciendo,

en tal triste recuerdo.

 

Se desliza una lágrima,

te apresuras a secarla.

Tu voz se quebranta,

y te refugias en tu silencio.

 

Finges que ya no te duele

aquel acontecimiento,

deseando que se vuelva

un hecho verdadero.

 

Deja ya de reprimir tu alma…

 

Te delata tu tristeza,

y tu mirada apagada.

Te traiciona tu silencio

y tu sonrisa borrada.

 

Dices haberlo aceptado,

te empeñas en olvidarlo,

no quieres ni pensarlo.

Más sé que se estremece tu corazón

al recordarlo.

 

¡Deja ya de reprimir tu alma!

 

Sí, le echas de menos,

y querrías poder abrazarle.

¡Sí, te duele su ausencia,

y querrías poder gritárselo!

 

Acepta su partida,

y que te duele su ida.

Deja ya que tu alma

¡libere sus sentimientos!

 

Tu amor es el causante de ellos,

y no debes ocultar tu pesar,

sino la Divina Voluntad, aceptar.

 

Te duele más todavía,

porque has decidido ignorarlo.

Te consume la agonía,

porque admitir su muerte, has rechazado.

 

Deja de engañar a tu alma,

¡deja ya de reprimir tu alma!

 

Solamente el dolor aceptado,

puede verdaderamente, ser sobrepasado.

Solamente, si en Dios te amparas,

regresará la felicidad que aguardas.

 

Alma amada,

pide a Mamá María,

te devuelva la alegría.

Pide en oración,

el consuelo del Señor.

 

Deja ya de reprimir tu alma,

y pronto, Dios llenará tu corazón.

 

 

Alba Bellido Durán
© copyright

 

Quiero notar tu amor

 

Quiero notar tu amor

Tu amor, oh Dios,

me hace ser tan dichosa,

y no hay cosa

más maravillosa,

que sentirme amada por ti.

 

La belleza de tu amor,

enamora mi alma,

pues es un amor puro,

sincero y desinteresado.

 

La felicidad que da tu amor,

perdura y se contagia,

se aboca en mi corazón

como las olas del mar,

en plena tempestad.

 

Tu amor enciende en mi

 ilusión por vivir,

alegría por existir

y un ferviente deseo de amar.

 

Oh, Dios amado,

anhelo notar tu cariño,

regocijarme en tu afecto,

que hasta la última gota de mi sangre,

 de tu amor se empape.

 

Es por ello,

que deseo más amarte,

para, en mi correspondencia,

hallar tu amor como recompensa.

 

No es que tu amor

se vea mesurado,

o pueda ser aumentado

por mi querer.

 

Sino que

 sólo en la reciprocidad,

llega uno a notar,

tu amor en intensidad.

 

Es por ello,

que tengo el imposible anhelo

de amarte tanto

como me amas Tú, Dios.

 

Pues quisiera

notar en extremo,

¡llegar al apogeo!

de tu querer.

 

Bien sé,

que sólo en el Cielo,

concederás este mi deseo,

pero de mi amor por ti, ahora,

depende que llegue, esa hora.

 

¡Papá, mi Dios!

quiero amarte

con todas mis capacidades,

deseo adorarte,

sin demora ni excepciones.

 

Y no sólo,

por beneficio propio,

sino,

por conseguir

 hacerte sonreír.

 

¡Oh que feliz sería!

si yo te amase más todavía;

nuestro amor florecería,

como prenda de enamorados.

 

Sí, mi Dios,

con pleno albedrío

hoy te digo,

que te entrego mi corazón,

¡para que lo inundes de tu amor!

 

Alba Bellido Durán
© copyright

 

Amada Iglesia

 

Amada Iglesia

Eres más que una institución,

con una antigua religión.

No eres mera tradición,

o fruto de una invención.

 

Verdadera y única,

apostólica y católica.

Universal y romana,

eres mi Iglesia amada.

 

¡Eres la Iglesia verdadera!

madre de todos los bautizados.

Eres de Dios, Alianza nueva,

y la unión de todos los pueblos.

 

Te expandiste por la evangelización,

por fe de los apóstoles y devoción,

y ahora, Iglesia, eres convocación

a unirse a Cristo, toda nación.

 

Por el Papa estás guiada,

por los ángeles, resguardada;

por los fieles, propagada,

¡por Jesús, liderada!

 

Unida a ti estamos

todos los católicos

que a Jesucristo seguimos,

y sus leyes cumplimos.

 

Formada estás,

por todos nosotros,

sacerdotes, obispos,

laicos y religiosos.

 

Tú nos das amparo,

tú nos das resguardo.

Nos enseñas y amas,

¡a Dios nos regalas!

 

En ti, hallamos la Verdad,

en ti, obtenemos la felicidad.

¡Tú nos das la redención!

y los medios para la salvación.

 

Amada Iglesia,

el diablo no ha podido destruirte,

aunque se afana por desunirte;

disfrazado, te acecha,

y busca filtrarse por alguna brecha.

 

Pero a ti, Iglesia amada,

Cristo te santifica,

y aunque algunos te han fallado,

otros negado, o de ti, separado,

 

sigues siendo Santa y verdadera,

Esposa de Dios y Madre nuestra.

Sigues siendo invencible,

y para siempre, ¡indestructible!

 

Iglesia amada,

de ti, yo formo parte,

y debo, deseo, representarte.

 

Alba Bellido Durán
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Dijiste Sí

 

Dijiste Sí

Jovencita bella,

muchacha dulce.

Judía humilde,

alma loable.

 

Preciosa tú, María,

que un día,

con tu sí,

al diablo vencerías.

 

El ángel te llamó,

los planes de Dios te contó.

Tú, atenta, escuchaste

y en su palabra, creíste.

 

Sabías por las escrituras,

que vendría el Mesías,

esperabas su venida

pero no, que tú fueses la elegida.

 

No tuviste miedo,

no pediste pensártelo,

aceptaste, de Dios el deseo,

pues tu amor es inmenso.

 

Podrías haber dudado,

podrías haberte negado.

Pero por tu fortaleza y valentía,

dijiste sí a lo que Dios te pedía.

 

Y…

 

Con tu sí, Mamá,

ser de Dios, Madre, aceptaste.

Con tu sí, Mamá,

a Satanás, te enfrentaste.

 

Con tu sí, Mamá,

permitiste se abrieran las puertas del Cielo.

Con tu sí, Mamá,

adoptaste a cada alma en tu seno.

 

Dijiste sí a sufrimientos y persecuciones.

Dijiste sí, y no pusiste condiciones.

Dijiste sí, a engendrar a Jesús,

dijiste sí, a concebir a la Luz.

 

Dijiste sí,

y te hiciste esclava del Señor.

Dijiste sí,

y tu obediencia, al diablo derrotó.

 

Tu sí, es el acto más bello,

tu sí, es el gesto más maravilloso.

Tu sí, el fruto de aquello

que había en tu corazón cariñoso.

 

Dijiste sí, Mamá,

dijiste sí, María.

Qué alegría

que ahora sea madre mía,

la Reina de la valentía.

 

Alba Bellido Durán
© copyright